Nuestra Señora Reina de los Apóstoles

5 de Mayo


"El perfecto ejemplo de este tipo de vida espiritual y apostólica es la Santísima Virgen María, Reina de los Apóstoles, que mientras vivía la vida común como todos aquí en la tierra, llena de preocupaciones y trabajos familiares, estaba siempre íntimamente unida con su Hijo y de una manera completamente única para cooperar en el trabajo del Salvador. Ahora que ha sido asunta al cielo, con su caridad materna se preocupa por estos hermanos de su Hijo que todavía están en peregrinación terrestre y siguen involucrados en peligros y dificultades hasta que son conducidos a la feliz tierra del Padre. Todos deben venerarla con devoción y encomiar su vida y apostolado a su cuidado maternal”
(Apostolicam Actuositatem, Decreto sobre el Apostolado de los Laicos, 2).

por Lorena Peralta
Pías Discípulas del Divino Maestro

Bajo la protección de María Reina de los Apóstoles, camino seguro de cristificación para los Consagrados de hoy.
Es hermoso saber que en el cielo tenemos a María como Reina que intercede ante su Hijo Jesucristo, para alcanzarnos todas las gracias y auxilios que necesitamos nosotros, sus hijos.
El título de María como Reina es muy antiguo. Ya desde el tiempo de los primeros cristianos se le reconocían este poder regio, no sólo en los textos antiguos, sino también en los libros de la sagrada liturgia.

María es Reina
María es Reina porque Jesús es Rey. Han sido los méritos de su Hijo los que le han conferido esta dignidad, que se encuentra en íntima comunión con la maternidad divina, pues en el momento del anuncio del ángel éste le dice a María que su Hijo será Rey (Lc 1, 33).
El Concilio Vaticano II, en su Constitución Dogmática sobre la Iglesia, Lumen Gentium, numeral 59, nos dice que María fue elevada por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte:
“Por no haber querido Dios manifestar solemnemente el misterio de la salvación humana antes de derramar el Espíritu prometido por Cristo, vemos que los Apóstoles, antes del día de Pentecostés, «perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús, y con los hermanos de éste» (Hch 1, 14), y que también María imploraba con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación ya la había cubierto a ella con su sombra. Finalmente, la Virgen Inmaculada,preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el decurso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y fue ensalzada por el Señor como Reina universal con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores (cf. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte.”

El Papa Pío XII en su Carta Encíclica Ad Caeli Reginam, Sobre la Realeza de la santísima Virgen María y la Institución de su Fiesta, nos dice:
“Por ello se comprende fácilmente cómo ya los antiguos escritores de la Iglesia, fundados en las palabras del arcángel San Gabriel que predijo el reinado eterno del Hijo de María, y en las de Isabel que se inclinó reverente ante ella, llamándola «Madre de mi Señor», al denominar a María «Madre del Rey» y «Madre del Señor», querían claramente significar que de la realeza del Hijo se había de derivar a su Madre una singular elevación y preeminencia”. (No. 4)
En los numerales 13 y 15 de la misma Carta Encíclica encontramos:
“De hecho, en las Sagradas Escrituras se afirma del Hijo que la Virgen dará a luz: «Será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob eternamente, y su reino no tendrá fin»; y, además, María es proclamada «Madre del Señor». Síguese de ello lógicamente que Ella misma es Reina, pues ha dado vida a un Hijo que, ya en el instante mismo de su concepción, aun como hombre, era Rey y Señor de todas las cosas, por la unión hipostática de la naturaleza humana con el Verbo”.

“Y, aunque es cierto que en sentido estricto, propio y absoluto, tan sólo Jesucristo —Dios y hombre— es Rey, también María, ya como Madre de Cristo Dios, ya como asociada a la obra del Divino Redentor, así en la lucha con los enemigos como en el triunfo logrado sobre todos ellos, participa de la dignidad real de Aquél, siquiera en manera limitada y analógica. De hecho, de esta unión con Cristo Rey se deriva para Ella sublimidad tan espléndida que supera a la excelencia de todas las cosas creadas: de esta misma unión con Cristo nace aquel regio poder con que ella puede dispensar los tesoros del Reino del Divino Redentor; finalmente, en la misma unión con Cristo tiene su origen la inagotable eficacia de su maternal intercesión junto al Hijo y junto al Padre”.

María es Apóstol
Literalmente hablando, la palabra griega “apostoloi” significa enviado. Dentro del cristianismo hace referencia a la llamada que hace Jesucristo a los apóstoles para que continúen con su propia misión de anunciar el reino de Dios por todo el mundo. "Como el Padre me envió, también yo los envío" (Juan 20, 21); "embajadores de Cristo" (2 Corintios 5, 20), "servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios" (1 Corintios 4, 1).
En una catequesis del Papa Benedicto XVI sobre San Pablo, del diez de septiembre de 2008 nos comparte lo que para él significa ser Apóstol: “En las Cartas de san Pablo él da tres características principales que constituyen al apóstol. La primera es "haber visto al Señor" (cf. 1 Co 9, 1), es decir, haber tenido con él un encuentro decisivo para la propia vida. La segunda característica es "haber sido enviado" (1 Co 1, 1; 2 Co 1, 1), o sea, delegado suyo, puesto totalmente a su servicio, hasta el punto de llamarse también "siervo de Jesucristo" (Rm 1, 1), sobre todo se subraya el hecho de que se ha recibido una misión que cumplir en su nombre, poniendo absolutamente en segundo plano cualquier interés personal”.

El tercer requisito es ejercicio del "anuncio del Evangelio", …Por tanto, el título de "apóstol" no es y no puede ser honorífico; compromete concreta y dramáticamente toda la existencia de la persona que lo lleva… es una especie de identificación entre Evangelio y evangelizador, ambos destinados a la misma suerte…”

Desde la definición griega de quién es un apóstol y basándonos en los argumentos de las Sagradas Escrituras y de las características que constituyen a un apóstol que nos da el mismo san Pablo, es evidente que la Virgen María, no sólo es una Apóstol, sino la Reina de los Apóstoles.

María Reina de los Apóstoles
Los textos bíblicos en los cuales se suele apoyar este título mariano son Hechos 1,12-14 y 2,1-4. Lucas nos dice que nuestra madre está en comunión con los apóstoles: “Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres y de María, la Madre de Jesús”.
“Perseveraban” con ella nos habla de una constante en el tiempo, por eso la tradición coloca en el evento de Pentecostés a la Madre de nuestro Señor, pues seguramente se encontraba con los discípulos en el cenáculo, aunque el libro de los Hechos 2,1-4 no la menciona explícitamente:
“Al llegar el día de Pentecostés, todos estaban reunidos en un mismo lugar”, Es indiscutible que nuestra Madre estaba con los Apóstoles, pues desde la anunciación sabemos que ella es la agraciada de Dios y la llena del Espíritu Santo.

El Beato Santiago Alberione y María, Reina de los Apóstoles
El Beato Santiago Alberione, fundador de la Familia Paulina, nos hace una gran advertencia a todos los cristianos de hoy: “Aun teniendo iglesias e imágenes de la Virgen, en el santuario del alma, tal vez María está ausente. Es necesario el vital espíritu mariano, el verdadero espíritu de humildad, de sobrenaturalidad, de amor, de confianza, que forma al cristiano. Es necesaria la vida interior que fecunda la actividad y el apostolado del cristiano… Quien va a María, hallará a Jesucristo. Hay que caminar hacia Dios por María; ir adelante en las santas conquistas bajo la bandera de María, Madre, Maestra y Reina de los Apóstoles. Dios quiso que María tomara parte en todo el apostolado de Jesús, tanto durante la vida terrena del Salvador, como en su vida gloriosa. María participa en todo el apostolado eucarístico del Maestro divino. En la misa, en la comunión, en la visita encontramos siempre a Jesús Hostia, Hijo de María. La aplicación de los méritos de Jesucristo, desde el Calvario hasta el final de los siglos, se hace por María”. 1

Para el Beato Santiago Alberione, María es Apóstol desde que pronuncia su sí para que el Verbo de Dios se encarnara en su seno, pues se da inicio a la glorificación y alabanza de Dios, que justamente constituye el primer y perfecto apostolado, que a su vez da paso a la redención, que constituye el segundo apostolado. Desde esta perspectiva María es Apóstol, Madre, Maestra y Reina de los Apóstoles, porque al ser Madre del Hijo de Dios, éste la hace parte del plan redentivo de la humanidad, otorgándole un poder omnipotente de súplica en favor de todos nosotros, sus hijos.
 
Continúa diciendo el Beato Alberione:
“Desde entonces María adquirió una especie de jurisdicción sobre toda emisión temporal del Espíritu Santo. Así pues, no hay criatura que reciba gracias si no por María. Por eso en pentecostés el Espíritu Santo bajó invocado por María que guiaba en la oración”.

1 Santiago Alberione, OPERA OMNIA. María Reina de los Apóstoles, Edición preparada por el Centro de Espiritualidad Paulina. © Sociedad de San Pablo, Casa General, Roma 2008, p. 18, N.7 2 Ibidem, p.25, N.15

Para todos nosotros, que hemos escuchado el llamado de nuestro Señor Jesucristo, para seguirlo con radicalidad y desde la vocación específica de la Vida Consagrada, es necesario y fundamental ser devoto de la Virgen María, invocándola como Reina de los Apóstoles, para que a través de su poder omnipotente de súplica, nos obtenga la efusión de todos los dones y gracias procedentes del Espíritu Santo, para ser auténticos apóstoles “que veamos al Señor” en cada momento y circunstancia (cf. 1 Co 9, 1), desde un encuentro profundo y real con su persona, que transforma nuestra vida, y que desde esa experiencia de amor, nos sintamos “enviados” (1 Co 1, 1; 2 Co 1, 1), como "siervos de Jesucristo" (Rm 1, 1), para "anunciar el Evangelio" a todos, para que quien nos vea, lo vea a Él, alcanzando la cristificación de nuestro ser.