➡ Según una leyenda, en 1624 un estudiante del Colegio de los Jesuitas, establecido en Luxemburgo desde 1607, fue a dar un paseo por las orillas del río Alzette que se encontraba fuera de las murallas de la ciudad. Al llegar a un lugar llamado Peñas de Crispino, vio en el hueco de un roble, una estatua de la Virgen y el Niño. Le dijo a algunos de los otros estudiantes, y juntos regresaron a la ubicación.
. ➡ El Padre Brocquart, profesor en el colegio de los Jesuitas, encabezó una procesión para que los estudiantes tomaran la estatua y la colocaran en el altar de su iglesia. A la mañana siguiente había desaparecido. Se encontró después en el hueco del mismo roble. Una vez más, la llevaron a la iglesia, pero desapareció de nuevo.
. ➡ A continuación, los jesuitas decidieron que la Virgen deseaba ser honrada en ese punto particular del árbol de roble, por lo que comenzaron a construir una capilla. La construcción se detuvo en 1626 cuando una epidemia de peste estalló, infectando incluso al Padre Brocquart. Cerca de la muerte, este sacerdote prometió que si recuperaba la salud iba a terminar la construcción de la capilla.
. ➡ El padre jesuita se recuperó, y la capilla fue terminada en el año 1628. La estatua fue consagrada allí, y le dio el nombre de Nuestra Señora del Consuelo de los Afligidos.
Del sufrimiento, nace una bella devoción
El simpático Gran Ducado de Luxemburgo es uno de los menores Estados de Europa, enclavado entre Alemania, Francia y Bélgica, una región que fue teatro de numerosos conflictos religiosos entre católicos y protestantes. Fue precisamente para defender la fe y evitar el contagio del protestantismo que los padres jesuitas fundaron un colegio en la ciudad de Luxemburgo, capital del Gran Ducado, en 1581.
Uno de esos padres, Jacques Brocquart, tuvo la feliz idea de crear un oratorio fuera de la ciudad para una imagen de la Santísima Virgen, pues la devoción a María es la mejor defensa católica. Ese oratorio, que al principio era apenas una pequeña capilla, fue edificado a partir de 1625 en un lugar llamado Glacis, y quedaba anexo a la iglesia de San Miguel, sede de la Cofradía del Rosario, bajo la custodia de los padres dominicos.
Pero en 1626 se desató en aquel lugar una terrible peste. Las víctimas aumentaban día a día, y entre los enfermos pronto se contó al propio padre Brocquart. Percibiendo que le quedaba poco tiempo de vida, le hizo una promesa a Nuestra Señora: si lo curaba, iría descalzo hasta la capilla y le ofrecería un cirio de dos libras de peso. Hecha la promesa, el sacerdote jesuita quedó inmediata y milagrosamente curado. Se dedicó entonces, con todo entusiasmo, a terminar la capilla —lo que se realizó en agosto de 1627—, y en ella entronizó una imagen de madera de la Santísima Virgen bajo la invocación de Consuelo de los Afligidos.
Las personas comenzaron a acudir a esa capilla, a pesar de encontrarse apartada de la ciudad, pidiendo a la Madre de Dios que las protegiese, así como a sus familias. A partir de aquel año la devoción se difundió rápidamente.
La peste terminó y la capilla fue solemnemente consagrada en 1628, fijándose en un nicho la inscripción “María, Madre de Jesús, Consuelo de los Afligidos”, que perdura hasta hoy.
La fidelidad del pueblo de Luxemburgo es premiada
Si tal peste y la protección de Nuestra Señora hubiesen ocurrido en la actualidad, ¿cuál sería la reacción de nuestros contemporáneos? — Probablemente presenciaríamos algo triste y desolador. Las personas recurrirían a la Madre de Dios y agradecerían las gracias concedidas. Pero, pasado el peligro, se olvidarían de la bondad maternal de la Señora de la Consolación que socorrió a los afligidos, hasta que un nuevo peligro les recordara la existencia del santuario.
Ésa es una concepción utilitaria que actualmente se tiene de la Santísima Virgen. ¿Acaso Ella es nuestra Madre apenas cuando tenemos problemas? ¿No nos ayuda y protege siempre? Si apelamos a Nuestra Señora sólo cuando enfrentamos problemas y después nos olvidamos de Ella, seremos como el hijo ingrato: agradece a la madre cuando ésta le da comida, y luego desaparece de la casa... hasta que el hambre lo mortifique de nuevo. ¿Cómo calificar a tal hijo?
No obstante, ésa no fue la actitud del buen pueblo católico de Luxemburgo. Al contrario, la afluencia de peregrinos no dejó de crecer, incluso pasada la peste. La Virgen María premió esa fidelidad por medio de numerosos milagros.
Así, entre 1639 y 1648 —una década después de la consagración de la capilla— se operaron curaciones sorprendentes. La más célebre fue la de Jeanne Godius, hija de un importante funcionario de la época, procurador general del Rey de España, Felipe IV, que luego de permanecer en cama durante diez años, se levantó milagrosamente curada. En esa ocasión, la imagen fue trasladada a la iglesia de los jesuitas, donde recibió durante ocho días la veneración de los fieles. Las autoridades eclesiásticas estudiaron tales milagros y, después de una meticulosa investigación, concluyeron por la veracidad de ellos. El flujo de peregrinos aumentó aún más.
En 1666, durante una guerra con Francia, las tropas del Rey Luis XIV amenazaron conquistar la ciudad. Las autoridades del pequeño Luxemburgo recurrieron a Nuestra Señora Consuelo de los Afligidos, como en otras ocasiones de peligro, y de inmediato fueron atendidas. Debido a este hecho, la imagen fue declarada patrona de la ciudad y las fiestas en su honra duraron ocho días, dando origen a la octava, que se repite anualmente.
Una vez más los habitantes permanecieron fieles a la Santísima Virgen y no la olvidaron. En 1678 fue declarada patrona de todo el Gran Ducado de Luxemburgo, siendo introducidas réplicas de la imagen en casi todas las iglesias del país.
El actual santuario de Nuestra Señora Consolatrix Afflictorum es la catedral
Pasaron los años. Las guerras y sus secuelas azotaron también al Gran Ducado, pero no consiguieron extinguir la devoción popular a la Virgen Consuelo de los Afligidos, cuyo santuario es hoy el más venerado del país. Basta pensar que, en un Estado con una población de aproximadamente 420 mil habitantes, él recibe más de cien mil peregrinos al año.
La capillita original fue destruida por la furia anticatólica durante la Revolución Francesa. Fue entonces construida una nueva, en otro lugar, dentro de la ciudad. Tal capilla es apenas un recuerdo, porque la imagen fue llevada posteriormente a la iglesia de los jesuitas, actual Santuario de Nuestra Señora Consolatrix Afflictorum. Hoy, ese templo es la catedral de Luxemburgo.
Prácticamente todas las conmemoraciones del país se realizan en el Santuario. Una de las más importantes fue la celebración del retorno de trece mil prisioneros después de la Segunda Guerra Mundial. El pueblo se mantuvo fiel a esa devoción mariana, y Ella lo protege hasta hoy.
Sea tal devoción un ejemplo para nosotros. Invoquemos a la Santísima Virgen en todo momento, confiémosle todas nuestras dificultades y recemos siempre, especialmente en estos días de confusión y de pecado. Nuestra Señora nunca nos abandonará. No seamos hijos ingratos, sino que imitemos la fidelidad de los devotos luxemburgueses, particularmente en los momentos de desgracia.
Acuérdate, Madre Virgen,
Que allá en la niñez tranquila
Por ti la clara pupila
Con mis lágrimas nublé;
Que hubo un día en que, escuchando
La historia de tus pesares,
Delante de tus altares
Acongojado lloré.
(José Zorrilla y Moral, 1817-93)

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